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ROBERTO BOLAÑO, EL VACÍO Y LA EXISTENCIA SALVAJE


            Conocí la obra de Roberto Bolaño por circunstancias que podría llamar ajenas a mi intención de leerlo. Mis lecturas cuando tenía 19 años -un año después de la publicación de su primer libro- estaban más inclinadas a la poesía de los contemporáneos,  los poetas malditos y devoraba una y otra vez, en todas sus formas posibles, Rayuela de Cortázar. Sin embargo, una pequeña reseña en The New York Times sobre los Detectives Salvajes me animó a buscarlo y sumergirme en la búsqueda incansable de Cesárea Tinajero.  Al terminarlo, con una gran satisfacción, no me quedó ninguna duda que Roberto Bolaño era el gran narrador del tránsito entre los siglos XX y XXI. Inevitablemente fui sacudido por su fenómeno literario; confirmé que el mito a su alrededor era más bien un terremoto de calidad narrativa. 

            El discurso de Bolaño presenta una relación entre el problema y el enigma, el descubrimiento y el enfrentamiento ante una realidad destructora. La búsqueda de sentido se manifiesta en la exploración de un ideal literario libre y personal al margen de las convenciones sociales. Bolaño abandona la superficialidad para internarse en una transición: el cambio destructivo de una realidad trascendente al sin sentido de la existencia y experiencia de la nada.
           
            Bolaño aportó la noción de futuro en la literatura moderna, pero no en un sentido espacial, sino como una búsqueda del tiempo perdido; una mezcla de destino con la extensión catastrófica de la modernidad. Entender esta interrelación se centra en el criterio del tiempo y la palabra; una especie de acertijo visual, lo que constituye un conjunto de simbolismos emocionales donde se refleja el desequilibrio, la angustia existencial, la caída y el fracaso.

            La abstracción  en la narrativa de Bolaño caracteriza una modalidad de representación de la inquietud humana: el tiempo se vuelve necesario e inmutable y es, justamente, a través de la palabra, que toma forma lineal, absoluta y suprema. Este proceso paradójicamente visualiza constantemente la transición del caos a la estabilidad y viceversa. Continuamente se plasma el derrumbe y la transformación de la realidad material a la abstracción de la ideas: la nada, el vacío, la muerte, el absoluto. Todo ello forma parte del propósito simbólico en la obra de Bolaño: la función poética. 

            En Los Detectives Salvajes el sentido poético se visualiza en el recorrido existencialista de los tres principales personajes: Juan García Madero, Arturo Belano (álter ego de Roberto Bolaño) y Ulises Lima (Mario Santiago Papasquiaro). Los protagonistas se mueven por un particular deslumbramiento de la poesía, la Ciudad de México, el sexo, el alcohol, y la marihuana; pero es precisamente el tiempo, el caos y la transformación, lo que descompone el orden de la realidad enmascarada. Todo se convierte en una confusión y en un laberinto donde habita la desolación. Los real visceralistas (Los Infrarrealistas) se desintegran lentamente hasta llegar a la nada. Se produce un proceso de caída, una búsqueda del sentido de la vida. La muerte aparece despiadada, todo se abisma ante la viva presencia del vacío. Las ideas de conciencia que Bolaño plantea en Los Detectives Salvajes son una posibilidad de apertura a la luz. Por ejemplo, en la tercera y última parte del libro, se presenta el poema gráfico de Cesárea Tinajero “¿Qué hay detrás de la ventana?” El poema se divide en tres diferentes ventanas: en la primera parece mostrarnos una estrella apenas esbozada, en la segunda nos enseña una sábana; un vacío blanco y, finalmente en la tercera, la venta está fragmentada en líneas punteadas que, en cierto modo, dejan escapar ese vacío blanco representado en la segunda ventana. La conciencia para Bolaño, entonces, se personaliza en el dolor y en la ausencia, es decir, que ante la realidad solamente aguarda la nada y la contemplación desconsolada de la existencia. Esta representación de oquedad y silencio es la proyección del destino de los personajes de la novela. Un destino dramático donde se derrumban las ilusiones para perderse en la confusión.

            Bolaño mantiene en sus obras una riqueza, una profundidad y una profusión del lenguaje. Tiene una enorme capacidad comunicativa que, en algunos casos, es tan rica y extensa que juega con ella. En las últimas páginas de Los Detectives Salvajes contrasta esa profusión con laconismo. García Madero comienza a escribir frases muy cortas y simples: “La comida es barata. Aquí no hay trabajo”, “Belano ha comprado un cuchillo”, o únicamente nombra sustantivos alejándose del verbo: “Cucurpe, Taupe, Meresichic, Opodepe”, “Carbó, El Oasis, Félix Gómez, …” Este juego lingüístico es claro en su significado. He mencionado constantemente la transición del todo a la nada. García Madero representa el movimiento de la palabra al silencio, se pierde toda capacidad comunicativa, se aísla, anula cada una de las letras hasta renunciar completamente a ellas. Todo comienza a desvanecerse. El derrumbe de la voz es una alegoría de la desilusión: la muerte de Cesárea es la muerte del ideal. El desierto es el espejismo de la realidad; es la desolación. Al final la trama concluye sin palabras, termina con una serie de imágenes entendidas como el sin sentido de la existencia que se convierte en la desaparición que habita en el vacío de nosotros mismos.

            Roberto Bolaño se interesó en combinar lo real con la ficción, con todo aquello que es intangible y se encuentra fuera de este mundo. Su construcción literaria abarca la vida y la muerte al mismo tiempo, nunca subraya lo cotidiano. Bolaño crea un razonamiento representativo: la vida es siempre un tragaluz: el espacio de lo singular se esconde en lo adverso, aquello que sobrevive en los seres humanos esta fuera de su alcance; es decir, que no tienen control sobre las cosas que habitan en el hueco de su interior. La agudeza en la mezcla de las descripciones externas y el entendimiento lógico permanece siempre fiel a la línea del tiempo que establece un hilo entre la realidad y la imaginación. Este puente no se construye sobre si mismo, se crea en el encarcelamiento de espejismos y realismos mágicos.

            La obra de Bolaño ofrece, con fuerza arrolladora, una ruptura con las tendencias literarias conocidas. La constante búsqueda de la realidad se funde en presente y pasado, en el vértigo y la paradoja, en la desesperación y la esperanza.  La aproximación entre la imaginación y lo verdadero es tanta que llegan a confundirse.


            Bolaño nos regala la magnitud de la oscuridad. Nunca podemos ver exactamente que es lo qué esconde en la trama de sus obras. Abre la puerta a preguntas que la historia misma desvela. Abre la puerta a la pureza de la literatura.





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