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EL NIHILISMO: LA MUERTE DE DIOS

Hablar sobre la muerte de dios resulta una labor compleja, áspera y casi imposible. Es un tema profundo pero sobre todo recurrente, donde la vasta, y en ocasiones, poco comprensible filosofía no termina de agotar el tema. La creencia de la no existencia de una divinidad suprema esta fundamentada en los principios del ateísmo. Esta ideología puede entenderse en dos categorías fundamentales: los ateos radicales que aseguran que dios no ha muerto porque nunca ha existido, y aquellos que creen en un dios vivo pero actúan como si no fuese real. Estos razonamientos podrían interpretarse como un episodio de conciencia moderna que combina la razón con los actos de fe. Antiguamente, la gracia divina otorgaba sentido al mundo, nuestro conocimiento, las leyes, la política, eran el respaldo de la autoridad omnipotente, pero como todo momento, fue fugaz. El hombre cada vez se volvió más grande ante la divinidad: situación innegable de aceptación humana, de tal modo que la eternidad de dios comienza a pender de un hilo, el humano se asume como ser independiente ante la presencia celestial, la noción de existencia propia se convierte en la anulación de lo religioso, el todopoderoso agoniza. Cuando dios muere el ateo que ignora su presencia se sumerge en una interrogante: ¿quién lo mató? Para él, todos nosotros lo asesinamos. Sin embargo, sabe que al morir nace. Es una conversión: nace y muere en el mismo momento, su muerte es el nacimiento del espacio profano. Para los ateos es la memoria del silencio, para los creyentes una resurrección. El fin del tiempo sagrado fue comienzo y caída, es decir, que aceptar la muerte de dios es aceptar al mismo tiempo su origen. Esta creencia difícilmente satisface el entendimiento. La incredulidad persiste porque la credulidad no es una prueba mayor contra la razón. Al ser una creencia no existe en realidad una señal de su nacimiento ni de su muerte, es ahí donde surge el fundamento de la negación del ateo más radical: no cree mas que en la nada.       

            Nietzsche vio con sagacidad las ideas del ateísmo y advirtió que sus dificultades eran insalvables porque el poder divino -salvación del hombre y base de la creación- se hunde en el entendimiento de las conciencias. La irrupción del nihilismo marcó su derrumbe. La exigencia de la llegada de un superhombre que recuperara la voluntad creadora representó las reflexiones de la angustia moderna frente a la depreciación de los valores superiores. El devenir del hombre dejó de ser sinónimo de esclavo universal donde las masas humanas son guiadas por fanáticos para convertirlos en víctimas del engaño. En la Gaya Ciencia la muerte de dios es el resultado del conocimiento científico que desmitifica la fe, la ciencia desenmascara el universo moral y metafísico para mostrar el orden real y amoral del mundo. Sin embargo, su muerte sigue sin asimilarse. La desaparición del cimiento de la existencia humana y su fin último es demasiado trágico para poder comprenderse a plenitud. En el famoso fragmento 125 de la Gaya Ciencia el loco nos dice: “Este acontecimiento tremendo está todavía en camino – no ha llegado aún a los oídos de los hombres -.” El hombre finalmente lo mató, pero este hecho es tan increíble e inmenso que incluso él mismo no llega a entenderlo. Si esto es cierto, entonces el hombre tendría que vivir como una deidad. Pero el riesgo es enorme: ir más allá de su propia naturaleza conlleva los riesgos y los goces de toda divinidad. Dejar de ser adorador y convertirse en adorado es la parte del juego que los humanos aún no saben jugar: la mano de dios mueve a los hombres por el tablero de ajedrez, los sostiene y los precipita por el tiempo y el espacio, los coloca y los deja elegir en su libre albedrío. El hombre atado al estado terrenal se aleja de las alturas celestiales, el miedo a la caída lo consume. Es prisionero de las mismas creencias que rechaza. La idea de un universo superior donde gobierna el bien y la justicia revela la falla de los deseos, es un mundo ajeno al cambio natural humano.

            Para Nietzsche, el hombre al asesinar a dios también mató el reino de los valores suprasensibles, las normas y los fines que hasta el momento habían regido la existencia. Estos valores de origen mezquino pierden sentido en el tiempo. Desde Platón y el origen del cristianismo, la historia y la aplicación de los valores se han convertido en un tedio cotidiano. La vida en un principio era despreciada por el hombre por imperfecta, con los años, hemos desvalorizado las ideas de un mundo divino superior. Ahora bien, el tiempo ha sido el ojo del nihilismo. Dios crea al tiempo y lo vuelve verdadero, por ello se encuentra antes de todos los siglos. Paz nos dice que Nietzsche trató de resolver este rompecabezas por medio del eterno retorno: la muerte de dios es un momento circular, un fin que es un comienzo.

            La muerte de los valores y de dios van de la mano con la perdida de la verdad. Nietzsche asegura que toda verdad es falsa porque no existe un mundo verdadero. Pero negar la verdad es rechazar los ideales que utilizó para despreciar la vida. El nihilismo en su último extremo se niega a sí mismo: no es la negación a la vida, sino a esos valores suprasensibles que niegan la vida: dios, el ideal y la verdad. La muerte de dios, entonces, representa un acto personal. En este sentido, la historia de las creencias de occidente toman un papel fundamental, pero a la vez, contradictorio. La idea –tan despreciada por el nihilismo- de un dios único, se enfrenta indiscutiblemente con la noción del Ser. Las características principales de un dios creador y rey de este mundo son ajenas a sus atributos. Primero, porque el Ser es incompatible con cualquier monoteísmo, por lo tanto, únicamente puede ser a ateo o politeísta. Segundo, porque ignora la concepción de un dios único y creador.

            La historia de la filosofía pagana ha sido el artífice para que el hombre tenga la conciencia tranquila sobre la muerte de dios ya que muere en el centro de la sociedad menos esperada: la cristiana. El cristianismo nunca fue en esencia completamente cristiano, la conversión de las religiones paganas a las ideologías sacramentales fue incompleta, por este motivo se sirvieron del paganismo para matar al dios judeocristiano. Pero en realidad, el hombre no asesinó a dios, fue el tiempo. En este sentido, el tiempo se convierte en el principio creador: dios nace y muere en un mismo instante. El recorrido cíclico de la divinidad se transforma en lineal e irrepetible. Pensar que se encuentra después del tiempo es pensar que tendrá un fin. Si imaginamos que dios nos espera al final del todo, podremos afirmar que no ha muerto y nadie lo ha matado porque aún no existe, aún no nace. Dentro de esta percepción las ideologías del ateísmo se enfrentan. Si dios aún no nace no puede haber muerto, por lo tanto nunca ha existido, pero si su esencia se encuentra en la negación, es posible que viva sin haber nacido y también que ya haya muerto. La idea con la que Nietzsche concluye sobre el irremediable asesinato a dios, –con pavor y un inmenso rechazo en Occidente- es el temor más grande del hombre: el fin del tiempo. La muerte de dios para ser definitiva implica la desaparición del tiempo, ¿seremos capaces de matar al tiempo? ¿encontraremos un punto de partida? De ser así ¿hacía donde iríamos?

           


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