miércoles, 22 de marzo de 2017

Democracia y Modernidad

La historia de México es inseparable de la historia de América Latina e incomprensible si nos alejamos de los Estado Unidos y Europa. Cada hecho local o regional desemboca en lo universal. Dentro de esta perspectiva pueden verse las guerras de Independencia en Latinoamérica y Estados Unidos. La renovación del nuevo mundo no surge de principios propios, sino de la adopción y adaptación de ideas políticas europeas que permitieran la transformación de los países nacientes en naciones modernas. Esta es una característica común en los movimientos de emancipación; sin embargo, la aplicación del pensamiento político -principalmente francés-, fue diferente en los Estados Unidos y en América Latina, situación que originó aspectos radicalmente opuestos en ambas regiones: Estados Unidos al momento de consumar la independencia fundó una nación, surgió una sociedad moderna. En los países latinoamericanos no se logró establecer regímenes democráticos, se limitaron a la adopción de doctrinas que no fueron adaptadas a la realidad estructural de cada pueblo, lo que resultó en el fracaso de la modernización económica, política y social. Esto tiene un porqué: El proceso independentista en los Estados Unidos fue totalmente diferente al de Latinoamérica. La existencia de una tradición intelectual creó conciencia en las mentes de la elite estadounidense, lo que formó clases sociales con una ideología democrática y liberal. La relación que existía entre idea, doctrina y revolución fue la clave para concebir, a través de una sociedad plenamente moderna, a la nación norteamericana. La independencia de los pueblos latinoamericanos (excepto Brasil) coincide con la crisis de España originada, en gran medida, por la invasión napoleónica. El movimiento libertador fue el resultado y el reflejo de la desarticulación del Estado español, es decir, que la escena emancipadora en América Latina fue, al mismo tiempo, una conquista de los territorios liberados. Los caudillos crearon países alejados de la necesidad nacional. La política y la economía carecieron de sentido. México y América Latina nacen del Estado Absolutista, la contrarreforma, y el catolicismo. El surgimiento de Estados Unidos proviene de la modernidad: el capitalismo, la democracia, y la Reforma. Éstas condiciones marcan tajantemente las disimilitudes políticas y sociales entre ambos territorios.

La inestabilidad heredada por el Imperio español, se ha convertido en  el esqueleto nacional de los países latinoamericanos, con ello, el poder político  legitimó la forma de gobernar en el militarismo, las dictaduras y el presidencialismo. La democracia se convirtió en un espejismo. México es el claro ejemplo: el desorden, la tiranía, y el despotismo son el producto de una democracia oculta en la dictadura de Porfirio Díaz, el militarismo del Partido Nacional Revolucionario (PNR), y del presidencialismo del Partido Revolucionario Institucional (PRI). “Pero la democracia no es simplemente el resultado de las condiciones sociales y económicas inherentes al capitalismo y a la revolución industrial (…), la democracia es una verdadera creación política, es decir, un conjunto de ideas, instituciones y prácticas que constituyen una invención colectiva”[1]. La democracia como creación popular es la estructura y  fundamento de la sociedad moderna. El fracaso democrático en nuestro país se debe,  en gran medida, a la falta de una corriente critica aplicable a la realidad nacional que permita el desarrollo político moderno. La inercia y la pasividad son el distintivo de nuestra sociedad, forman parte de la tradición de nuestros pueblos. Este rasgo característico fungió como escalón para el surgimiento del pequeño grupo social que domina al Estado, el cual tuvo un ascenso constante desde la Revolución hasta la encarnación del PRI. Las ideas revolucionarias y nacionalistas se han disimulado pero sobre todo se han burocratizado. La burocracia mexicana es la esencia de la política nacional, es una clase privilegiada empeñada en la modernización, sin darse cuenta que son ellos mismos el obstáculo para lograrla. El sueño revolucionario se convirtió en un mecanismo de control que conserva, hasta la fecha, un sistema de privilegios. 

Pero sería injusto culpar únicamente a los procesos internos de desarrollo. Al principio mencioné que la historia de México es incompresible si nos alejamos de los Estados Unidos. La intervención norteamericana en los asuntos nacionales de los países Latinoamericanos juega un factor primordial en la fragmentación y el atraso. Los intereses de los Estados Unidos en América Latina, han propiciado el intervencionismo político y económico que ha sido el otro gran óbice para poder modernizarnos. El imperialismo estadounidense ha fortificado tiranías y no ha dudado en apoyar rebeliones cuando sus intereses se ven afectados. Al momento de querer dar el brinco hacia la modernidad, nos damos cuenta que no tan solo estamos en crisis internamente, sino que también la renovación mundial esta en pausa. Los norteamericanos se aprovechan de estos desequilibrios para dominar y lucrar. “Es trágico porque la democracia norteamericana inspiró a los padres de nuestra independencia y a nuestros grandes liberales, como Sarmiento y Juárez. Desde el siglo XVIII la modernización ha querido decir, para nosotros, democracia e instituciones libres; el arquetipo de esa modernidad política y social fue la democracia de los estados Unidos. Némesis histórica: los Estados Unidos han sido, en América Latina, los protectores de los tiranos y los aliados de los enemigos de la democracia.”[2]
           
El reto que afrontamos actualmente no tan sólo es intelectual, es también político e internacional. Es una tarea compleja, pero no imposible. Nuestro país necesita cambios y reformas acordes con las necesidades y tradiciones de nuestro pueblo, porque precisamente cuando se han cambiado las estructuras políticas y económicas sin considerar a las instituciones sociales se ha fortalecido la injusticia, la corrupción, la desigualdad y la opresión. La única arma que tenemos ante estas adversidades, insisto, es la democracia. Es la única ley que se dan a sí mismos los hombres. Cierto es que la democracia funda al pueblo en nombre del pueblo. Es un hecho escrito con tinta roja. Es el único bien verdadero de la libertad y la paz.

Las relaciones exteriores enfrentan desafíos más complejos. Al ser un país carente de una política internacional ideológica, nuestro eje rector es la defensa de nuestra independencia y soberanía con estrategias basadas en los principios de derecho ante las circunstancias internacionales cambiantes. Pero, la variable histórica que ha aparecido ante nosotros debe tomar en cuenta la relación de fuerza, es decir, que el cambio en el gobierno de los Estados Unidos modifica el equilibrio de poder no tan solo en nuestro continente, sino a nivel mundial. La alianza de las naciones en América Latina sería la única manera de contrarrestar la soberbia del gobierno de Washington. Por último, si México no logra realmente una democracia que proteja el derecho de los individuos en sus fines particulares legítimos, no podremos ser un puente entre los Estados Unidos y América Latina.


@rodscal

[1] Paz Octavio, Huellas del Peregrino, América Latina y la democracia, México, FCE, 2010.
[2] Ibíd.